El atardecer del 3 de Septiembre un grupo de talibanes armados asaltaron dos camiones cargados con gasolina en la carretera cerca de la cuidad afgana de Kunduz. Obligaron a los conductores a cambiar su dirección, abandonar la carretera y dirigirse hacia el Sur por el terreno arenoso. Después de unos kilómetros, cuando tenían que atravesar un río árido los camiones se embarrancaron y se quedaron parados en el cauce. Para reducir el peso de los camiones llamaron a los habitantes de los pueblos en la cercanía para que sacaran gasolina.
En aquel momento, dos aviones militares norteamericanos vigilaban la zona e informaron a la base militar de la zona de los dos camiones capturados y parados. El coronel alemán Georg Klein veía un peligro inmediato para su base que se queda unos pocos kilómetros del lugar donde se encontraban los insurgentes. El alemán ordenó el bombardeo de los camiones.
Según las instrucciones de las tropas de la OTAN un bombardeo está justificado solamente en el caso en que exista un peligro inmediato para los soldados de la alianza y contacto de vista con el enemigo. El coronel Klein afirmó a los pilotos norteamericanos que la situación era así. Pero antes de efectuar un ataque, las instrucciones requieren que el piloto vuele a altura baja sobre el objeto para dar una señal de aviso. Klein prohibió esta maniobra diciendo que el “target is time sensitive”, lo que significa en la jerga militar que se debe efectuar la acción sin retraso. Ordenó el lanzamiento de seis bombas.
El día siguiente un equipo de la OTAN investigó el lugar del impacto y expresó que el bombardeo causó la muerte de más de cien personas, muy probablemente entre ellos civiles. No obstante, el ministro de defensa alemán Jung negó la muerte de personas inocentes y declaró el bombardeo justificado. A pesar de las informaciones juntadas por varios equipos de investigación incluso la Cruz Roja y de la policía militar alemana en los días siguientes, Jung insistió en que se trataba de una decisión adecuada y que todas las personas fallecidas eran terroristas.
Asimismo, el informe de la investigación oficial acusó al coronel Klein de haber infringido las reglas de combate de la OTAN. Resultó que Klein había mentido cuando confirmó que había contacto de vista con el enemigo y existía un peligro inmediato para la vida de sus tropas.
Hasta este momento, la mayoría de los alemanes creía en la versión del gobierno que proclamaba que los soldados alemanes no matan a inocentes, sino construyen pozos, carreteras, escuelas, esto es, toda la infraestructura necesaria para la paz. Encima, les gustaba alterarse por bombardeos efectuados por los norteamericanos o británicos supuestamente inadecuados.
Por primera vez después de la segunda guerra mundial, un militar alemán era responsable de la muerte de docenas de civiles. La imagen idílica se desmoronó de un día al otro. Quizás más que darse cuenta de que ser alemán no le hace un militar inmune contra el equívoco con consecuencias graves, confundió al público alemán el modo en que el gobierno intentó disimular la verdad.